Almas desgarradas



Entré a un bar cualquiera esa noche, con el corazón roto y el alma fuera de mi, sin creer aún lo que acaba de pasar. Me senté en la barra, pedí un whisky, empezó a sonar una canción conocida del grupo Maná: “el verdadero amor perdona”. Me sonó a ironía, una broma de la vida. Aquel ambiente me recordaba a una película de vaqueros, gente sola con tragos en la mano y la cabeza gacha, en esas películas se solucionan las cosas a bala, la gente muere y, los vivos siguen con su vida sin más.

No me había fijado en quién estaba a mi alrededor, después de empujarme aquel trago amargo, una voz llamó mi atención. «¿Una noche difícil?» escuché decir, con la cara aún arrugada por el trago y los recuerdos, le pregunté qué había dicho. «Digo que, debió ser una noche difícil, para que esté así».
Mirando al frente, reflexionando sobre todo, le dije que si, moviendo mi cabeza. Y voleé a mirarla. En su cara había una sonrisa compasiva, en sus ojos había comprensión. «Ayudaría si me contaras, en vez de ahogar tus penas en alcohol, si te soy sincera, usualmente saben nadar». Apoyó su cabeza en su mano, y esperó a que me decidiera.

Yo no podía creer que una desconocida le interesara saber sobre mis problemas, se me salió una risa socarrona, y sin saber cómo, ni porqué, le empecé a contar mis pesares.

 «He estado con la misma mujer durante 10 años, nos conocimos en la Universidad, dos años después de graduarnos, nos casamos. No pudimos tener hijos, pero la mejor parte es que, en un principio, ella no los quería, pero yo si.

Es curioso, tal vez si los tuviésemos no estaríamos así, podríamos estar mejor.

Las cosas marcharon bien por un tiempo, pero era solo por costumbre, comodidad, un conformismo imperaba en nuestra relación, mientras el amor moría lentamente. No hubo peleas, ni malas caras, ni quejas. Hasta hace poco.

Me despidieron de mi trabajo, al no poder conseguir empleo rápido, sin el apoyo de ella, sin una palabra de aliento, de consuelo. Extrañé sus brazos, sus besos, quise recuperarla pero solo encontré rechazo, desdén. Pero lo que me mató, fue su desesperanza y frustración.

Aún así, ninguno habló de divorcio, ni de dormir en camas separadas. El sexo continuó siendo solo eso, sexo. Vacío, sin amor, por complacer las ganas del otro, uno de los dos era siempre una especie de muñeco para el otro. Sobre todo en su caso, después de todo, soy hombre. A pesar de todo eso, no busqué consuelo en brazos de otra. 

No sé, en el fondo, muy en el fondo, pensé que si seguíamos juntos era por algo, ese algo que podía revivir aquel amor que alguna vez tuvimos.

 Luego, un amigo me ofreció su apoyo, fundados una empresa juntos y, al menos en lo económico, las cosas empezaran a marchar mejor.

Ella empezó a ausentarse, había días en que no llegaba hasta la mañana siguiente. Cuando le pregunté donde había estado, me respondió que se estaba quedado donde una amiga, porque ya le fastidiaba ver mi cara, porque no quería que la volviera a tocar, que ni siquiera quería oír mi voz.

Esa noche hablamos de divorcio, en la más completa calma, hablamos de ¿qué nos habíamos hecho? Poco a poco, no solo matamos nuestro amor, también acabamos con parte de nuestra alma, una parte de nosotros ya estaba muerta, y si seguíamos así, podíamos llegar a destruirnos por completo.

Llegamos a la conclusión, que no teníamos un motivo por el cual estar juntos, ni hijos, ni sueños, ni metas. Ya no nos interesábamos el uno por el otro, habíamos caído en la monotonía, yo había dejado de ser romántico y ella había dejado de mimarme, consentirme; hacía mucho que ya no nos cuidábamos el uno al otro. Nos habíamos encargado de eliminar todo lo que habíamos sido.

Y así llegamos a esta noche, cuando al llegar a mi casa, después de escuchar a mi amigo y socio decirme que se iba temprano a ver a su novia de turno, de responderle que me iba a quedar hasta tarde para no molestar a mi esposa, y de que me preguntara para cuando era el divorcio; lo encuentro horas más tarde en mi cama con mi esposa. En la cama donde dormía cada noche, últimamente sólo, y aún así, no podía evitar recordar que en algún momento, mi esposa y yo, fuimos felices en esa cama.

Fuí a la cocina. Mi esposa y su amante me siguieron, entre frases de cajón y excusas tontas, no vieron el cuchillo. Con una furia ciega lo derribé, le enterré el cuchillo una y otra vez, su sangre me salpicaba, con cada puñalada acababa con otra parte de mi alma. La ira se apagaba y mi humanidad con ella.

Mi esposa se quedó ahí, sin gritar, paralizada. Con mi último resquicio de humanidad le dije: «pudo haber sido cualquiera, pero porqué él en mi cama, el único que me ha dado consuelo todos estos años. Él, al que le di todo el amor que no pude seguir dándote, aunque ese amor no fuera correspondido. ¿Porqué él en mi cama contigo? En la que alguna vez fue nuestra». Le dije eso, y encajé el cuchillo en su corazón.

Ella murió, con una expresión de asombro y de terror en su mirada. Sin decir nada, tal vez lo dijo todo. Entendí lo que nos mató.

Los contemplé a ambos tirados en el suelo, alcé la cabeza y me encontré con mi cara en un espejo, pero no me reconocí. Una cara llena de sangre, una mirada vacía, la más vacía de los últimos 6 años. Pero entonces sonreí, ya no tenía a nadie que me hiciera infeliz, solo yo mismo. Me lavé la sangre y salí, a reflexionar sobre mis pecados.

¿Aún quieres volver a preguntarle a un extraño sobre sus problemas? En todo caso, gracias por escuchar».

La cara de mi extraña seguia sin creer lo que acaba de escuchar, con su mano en la boca, sin parar de mirarme, una lágrima rodó por su mejilla. Yo me quedé ahí sentado, pedí otro trago, y antes de tomármelo, sonreí. Empezó a sonar, “busca un confidente”, un vallenato, si mal no recuerdo.

Recordé que ella y yo habíamos dicho que si seguiamos casados, terminaríamos acabándonos.

Se cumplió. 

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